Aunque quiero que este blog tenga un enfoque eminientemente científico, empezaré con una entrada más personal y filosófica. Me parece necesario comenzar así porque cuando digo a la gente que soy no binarie lo más común es que la gente reaccione con un gesto de desconcierto. Los que más confianza tienen conmigo se arman de valor y, al cabo de unos días, me piden que les explique qué significa ser no binario.

Es probable que otras personas no binarias expliquen de otra manera su percepción de lo que esto significa, pero yo quiero contar aquí, antes de nada, lo que significa para mí. Aunque después de leer esto aún te quedes con dudas, no te preocupes, en este blog mi intención es ir contando más cosas sobre el tema que igual vayan respondiendo a esas incógnitas.

Hace poco me declaré persona no binaria. Algo que siempre he sido pero que solo he descubierto ahora. Y lo he descubierto a la vez que el resto de la gente que me rodea, al contrario que mi sexualidad disidente que llevé en secreto durante más de una década, que aunque intenté negarmela a mí misme en el fondo siempre conocí.

Y es que es mucho más fácil descubrir la sexualidad propia, que se refleja en lo que uno desea y por lo tanto resulta obvia, que la identidad propia, que requiere un ejercicio de introspección mucho más complejo que nos permita discernir lo que nos nace de dentro de lo que nos viene sutilmente impuesto desde fuera. No es nada nuevo, ya sabían en la Grecia antigua lo complejo que es descubrir lo que uno es, como atestigua la inscripción que había según los historiadores en la entrada del templo de Apolo en Delphos “GNOTI SAUTON” (conócete a ti mismo). Esa frase es uno de los tatuajes que llevo en el cuerpo, tal vez mi favorito. Una pieza de sabiduría deliciosa que me tatué porque siempre me lo repetía mi padre de pequeñe, y resultó estar inscrita también sobre el pórtico de entrada al pequeño edificio en el que realicé mi doctorado en Princeton, Eno Hall, que hoy tristemente ya no existe. Parece el destino. Y la historia de ese tatuaje, esa frase que me ha acompañado a lo largo de mi vida, culmina ahora con el descubrimiento de mi identidad de género no binaria que a su vez deconstruye mi homosexualidad al dejar mi género a la deriva.

Creo que, en el fondo, todes somos no binaries. ¿Acaso hay tantas diferencias entre el corazón femenino y el masculino? ¿Tan diferentes son nuestras cortezas cerebrales antes de que las bombardeen con prejuicios y etiquetas sociales? ¿O es que solo importan los genitales a pesar del tabú de la sexualidad?

El cambio, he de admitir, se produjo de forma abrupta, se abrió una válvula en mí y dejé salir lo más rápido que pude toda la presión acumulada para liberarme de ella. Tan abrupto fue para mí como para la gente que me rodea. Este cambio me trajo plenitud, pero comprendo que a las personas que más me quieren les ha podido producir incertidumbre y miedos. Esos miedos eran completamente comprensibles. Todos tenemos miedo al cambio, a perder lo que conocemos.

Suele decirse que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, pero ese es un refrán para cobardes.

Aunque comprensibles, esos miedos no eran razonables. Esas personas que me quieren han creído que mi transformación implicaba una mutación de mi entidad. Perder al ‘yo’ que quieren y recibir a un desconocido. Nada más lejos de la realidad. Mi entidad, mi esencia, se vieron reforzadas por este cambio. Lo único que se ha redefinido es mi identidad política. Una nueva identidad que me permite expresarme con menos vehemencia y más seguridad, vivir con más autenticidad, ser libre pero manteniendo mi personalidad.

Muchas personas, y yo misme reconozco que fui así hasta hace muy poco tiempo, no comprenden lo que implica renegar del género binario. Piensan (y yo pensaba) que el género se define por un eje, con el hombre y la mujer en los polos opuestos. Parece que uno se feminiza en tanto en cuanto se aleja del estereotipo de hombre. Como si ser de género no binario fuese rechazar el sexo biológico con el que hemos nacido y transitar el camino de la transexualidad, pero quedarse a medio camino, convertirse en un engendro andrógino, como una crisálida abortada y sempiterna.

En realidad, ese eje es una visión binaria de lo no binario. Una línea es una forma geométrica que se define por dos puntos. Esos dos puntos no son más que coordenadas, elementos imaginarios que no existen y no ocupan espacio. Como los conceptos de hombre y mujer, dos modelos irrealizables, dos ideales que no ocupan espacio. Las personas no binarias, según yo lo concibo, no estamos en medio entre los dos puntos. Al abrazar nuestra condición anatómica con todos sus matices no nos acercamos al género opuesto en la medida que nos separamos del que nos fue asignado. En su lugar, renegamos de ambos puntos pero también de la línea que los conecta. Navegamos libres en un universo multidimensional de identidades, emociones, autoestima, conducta y deseo, en busca de nuestras coordenadas propias.

En mi caso personal, he vivido siempre al abrigo del pensamiento técnico, escondide tras lo que se puede demostrar experimentalmente o con ecuaciones. Tras el confort que proporciona el razonamiento cuadriculado e incontestable de la ciencia, que no necesita ni acepta lo emocional y subjetivo. Aunque ahora no reniego de la ciencia, salir del eje binario me ha dotado del valor para apropiarme de mi propia expresión artística. Y, entre otras muchas cosas, me ha llevado a comenzar este blog sobre lo queer. Espero que despierten en quien se aventure a leerlo preguntas sobre el género, la sexualidad y la sexualización, los estigma sociales, la discriminación interseccional, y en general sobre la identidad y la disidencia, o más bien sobre la disidentidad.

Leave a comment

ECOLOGÍA NO BINARIA

por Ciro Cabal