Desde hace unos años el 8M, día de la mujer, es un día que nos llega salpicado por las diferentes visiones de dos corrientes de pensamiento, con sus manifestaciones separadas y manchado por las críticas cruzadas que se hacen unas a otras. Son dos las principales causas de la discordia y confrontacion: El abolicionismo de la prostitución y la ideología de género. En este artículo, me centraré en la segunda controversia y trataré de aportar algo de luz al asunto desde una perspectiva científica.

Por un lado está el feminismo clásico, también llamado humanista o de la igualdad por sus practicantes, o transexcluyente o TERF por sus detractores. De entre las nomenclaturas propuestas yo me inclino por la última. Aunque, ojo, lo de “transexcluyente”, si bien es cierto, no es más que la punta del iceberg: Es solamente un síntoma de la—a mi modo de ver—contradictoria y limitada visión que este movimiento tiene del género. No excluye solamente a las mujeres trans, sino que deja fuera todo lo que no sea una “verdadera mujer clásica” (sea lo que sea eso).

La ministra Carmen Calvo es una de las máximas exponentes de esta corriente feminista en España. En una entrevista de ayer, 7 de marzo de 2025, en Ondacero, Calvo aseveró que “mi partido no puede ser queer. Yo estoy deacuerdo con Giordano Bruno cuando dijo que la tierra se movía, y el sexo biológico… ¡es que existe y determina mucho! Y estoy a favor de acabar con cualquier tipo de discriminación para todos y cada uno de los seres humanos en su orientación sexual, en su camino de identidad, por supuestísimo y faltaría más. Pero esto de que el sexo biológico no existe, no importa y no determina, bien, pues si la tierra es plana vale, pero como han dicho en los carnavales de Cadiz, a los que les tengo el mayor respeto del mundo, que pongan una baranda para que no se caiga la gente por el otro lado del terraplanismo.”

Quede claro que en la entrevista se habla sobre feminismo durante unos veinte minutos, y Calvo dice muchas otras cosas sobre el tema en las que creo que estaríamos todes de acuerdo.

Añadió que “decir que el sexo biológico no existe, que lo importante es el género en el que te sientes: Las feministas decimos lo contrario, el género es la cárcel en la que nos han metido a las mujeres y a los hombres” […] “El género es cultural y podrás sentir lo que tu quieras sentir, evidentemente, pero negar la existencia de un hecho que determina tanto, como tu sexo biológico, a mi me parece que forma parte del terraplanismo de los tiempos que corren”.

La pregunta que le haría yo a Calvo es, ¿tan, tan determinante es el sexo biológico?

Por supuesto la ministra no ha leído ni leerá este blog, pero si lo leyese podría encontrar en él algunas respuestas a esa máxima de su discurso, de eminente base biológica y por lo tanto científica. Tiene razón, es cierto que el sexo biológico existe, es innegable. Pero lo que creo que ella no tiene tan claro es qué es exactamente eso que llamamos “sexo biológico”: le recomendaría, antes de seguir leyendo esto, que echase un vistazo a esta entrada del blog.

El debate, completamente lícito por otro lado, sería ¿hasta qué punto el tipo de gametos que produce nuestro cuerpo y que permite sexarnos como seres humanos hembra o macho tiene tanta importancia de cara a determinar nuestros rasgos individuales, anatómicos y conductuales? ¿Hasta que punto el binarismo de género, que resulta de ese proceso de sexación, es un constructo y no una realidad biológica? ¿Es el sexo tan determinante como para considerar hombres y mujeres dos categorías clara y netamente diferenciadas de seres humanos?

En esta figura muestro, a modo de ejemplo, algunos rasgos biológicos, morfológicos o conductuales, que se pueden medir en los seres humanos, y cómo estos varían entre machos y hembras humanxs. Las gráficas no están basadas en datos reales pero pretenden representar tendencias en los rasgos de las personas que creo resultarán obvios para cualquier lector.

De entre la miriada de posibles rasgos que se pueden medir en las personas, solo un puñado de ellos, los caracteres sexuales primarios, serían los que permiten, si acaso, dividir a la población humana en dos categorías en base al sexo biológico. Estos caracteres son, por ejemplo, el tamaño de los gametos o la morfología de las gónadas. A no ser que queramos legislar en base a lo que cada cual tiene entre las piernas, estos caracteres son casi anecdóticos.

En el resto de rasgos individuales, las diferencias basadas sólo en el sexo biológico de las personas se desdibujan. A veces existen esas diferencias como una mera tendencia, pero no permiten hacer dos categorías de personas netamente diferenciadas. Esto sucede con la mayoria de caracteres sexuales secundarios. Utilizo aquí como ejemplo dos de ellos: la cantidad de vello corporal o la altura de las personas. Las personas de sexo masculino tienen, en promedio, más vello y son más altas que las de sexo femenino, pero no es una diferencia categórica, sino que es una mera tendencia dentro de un contínuo de posibles valores. De hecho, no es improbable encontrar personas de sexo femenino con valores mayores (más vello o más altas) que otras de sexo masculino.

Una vasta cantidad de rasgos humanos no son considerados caracteres sexuales secundarios, y, por lo tanto, no se podría detectar diferencia alguna entre individuos macho y hembra. Un ejemplo (como el de la figura) sería la cantidad normal de insulina en sangre. Pero esto no es más que un ejemplo. Genéticamente, solo uno de los cuarenta y seis cromosomas que portamos en el núcleo de nuestras células puede diferenciarnos. A nivel celular, a parte de ese cromosoma, y si excluímos las células reproducoras y gonádicas, los individuos de ambos sexos son prácticamente indiferenciables. Lo mismo sucede a nivel fisiológico e histológico, es decir, en la forma y composición química de la mayoría de nuestros tejidos y fluidos. A niveles más complejos de la morfología y la conducta, las diferencias (graduales más que categóricas) van emergiendo, pero la duda de si son diferencias biológicas o culturales es cada vez más razonable según la complejidad asciende.

Cuando nos fijamos en cómo la cultura puede tener un efecto sobre diferencias entre hombres y mujeres que no existen necesariamente entre individuos macho y hembra (cosa que demuestra que el sexo biológico no es tan determinante como la identidad de género), vemos que ese efecto es muy importante. El sesgo cultural puede exacerbar los caracteres sexuales secundarios. El resultado es que las diferencias poblacionales observadas en esos caracteres no son debidas al sexo biológico per se. Por ejemplo, la depilación hace que las mujeres y los hombres parezcan aún más diferentes de lo que serían (en este ejemplo, sin depilar) por culpa de una práctica cultural que precisamente está diseñada para acentuar esa diferencia.

Por ahora hemos estado utilizando de forma deliberada y finalista el sexo biológico como variable discriminatoria para analizar los rasgos de las personas. Sin embargo, las dimensiónes biológicas potencialmente explicativas de estas diferencias son múltiples. Entre esas dimensiones econtraríamos, por ejemplo, la etnicidad (vease rasgos culturales aprendidos en base al origen geográfico, como hispanos o anglosajones), la raza (vease rasgos biológicos adquiridos en base al origen geográfico ancestral de sus genotipo, como negros o asiáticos orientales), o la diversidad funcional de las personas, por poner algunos de los ejemplos más obvios. Muchas de las diferencias que parecen emerger cuando agrupamos a las personas sólo por su sexo biológico se desvanecen cuando hacemos un análisis multidimensional en el que contemplamos conjuntamente esos otros posibles predictores biológicos o culturales. Por ejemplo, si solo tenemos en cuenta el sexo biológico, observaremos que en promedio las hembras humanas tienen menor altura que los machos. No obstante, si factorizamos la raza en la ecuación, posiblemente el efecto del sexo quede eclipsado. Por ejemplo, las hembras nórdicas son en promedio más altas que los machos mediterráneos: En vista de ello, ¿sigue siendo cierta la aseverción generalizada de que las hembras son más bajas que los machos? (Estadísticamente sí, pero de forma supedita a los otros cofactores).

Más allá de eso, y al igual que sucedía con los rasgos moleculares y celulares, hay multitud de rasgos conductuales y morfológicos en los que los individuos nos diferenciamos por otras causas, biológicas o culturales, que no tienen nada que ver con el sexo biológico. Por ejemplo, las personas negras tienen menor sensibilidad al sol que las personas de raza oriental, ya que producen mucha más melanina, independientemente de su sexo biológico. Del mismo modo, existen divergencias étnicas, por ejemplo, las mujeres y hombres hispanos tienen la costumbre de comer y cenar más tarde que las mujeres y los hombres anglosajones. Existen muchas diferencias entre las etnias y las razas, que son realidades biológicas o culturales independientes del sexo, pero legislar en base a ellas sería considerado xenofobia.

En resumen, aunque las diferencias en caracteres sexuales secundarios entre hombres y mujeres existen, estas diferencias no son categóricas, se ven magnificadas por prácticas culturales como la depilación, y quedan diluidas cuando en lugar de poner el foco solamente en el sexo biológico consideramos conjuntamente otros factores del espectro multidimensional de la diversidad humana. Por lo tanto, aunque no se pueda negar la existencia del sexo biológico, se puede afirmar con rotundidad que este tiene mucha menos importancia socio-cultural de la que Calvo parece asumir en sus declaraciones.

En contraposición al feminismo clásico se encuentran los feminismos alternativos: o el mal llamado feminismo radical. Y digo mal llamado porque ni es tan radical, ni es un feminismo en singular. Dentro de esta diversa vorágine de ideologías feministas se encuentra el feminismo queer, que se engloba dentro del amplio movimiento queer al que Calvo hace mención en sus declaraciones.

Mientras que el feminismo clásico busca la igualdad (de oportunidades y ante la ley) bajo la premisa de la diferencia biológica que existe entre las hembras (incluso hombres trans, en morado) y los machos (incluso mujeres trans, en verde) humanos, el feminismo queer descarta la idea de igualdad en favor de las ideas de diversidad (sexual, de género, de clase social, racial, etnica, de edad, funcional, o de orientación sexual entre otros, que se representa con los distintos tonos de verde y morado y con las distintas figuras, con mención especial a las personas intersexuales que aparecen en color naranja) y equidad, a la vez que minimiza la importancia del sexo biológico (sin necesidad de negar su realidad) buscando, en definitiva, abolir el género en la medida en que el género es un constructo sociocultural.

El feminismo queer es una de las principales ramas del movimiento queer, nacido en el seno del colectivo LGTBiQ+. De hecho, se trata de ese “Q+” de las siglas que la ministra Calvo ha logrado enmendar de los comunicados oficiales de su partido, el PSOE.

El movimiento queer propone la abolición del género. En comparación, es prácticamente la manera opuesta de terminar con el sexismo: El feminismo clásico tiene como premisa que el sexo biológico establece diferencias insalvables, y busca una igualdad de oportunidades (acceso a servicios públicos como la educación, o mismas garantías ante la ley) para ambas clases de persona. Si bien el fin es encomiable, la premisa no hace más que consolidar las diferencias entre sexos y/o géneros, y por lo tanto promueve un sistema de sexismo igualitario. Por el contrario, el feminismo queer defiende que el género (diferencias entre hombre y mujer) es mayormente un constructo social y que el heteropatriarcado se sostiene sobre los cimientos de esa partición sociocultural y binaria de las personas (la cual precisamente viene apuntalando el feminismo clásico). El feminismo queer propone que, puesto que esa partición es en gran medida artificial y no biológica, la mejor forma de terminar con el machismo no es a través de un sistema de sexismo igualitario sino asumiendo la diversidad humana a escala individual, lo que transciende con creces la sexación.

En otras palabras, el feminismo queer propone abolir el constructo cultural de género, disipando las categorías de hombre y mujer, pero sin pretender que seamos todes iguales. Todo lo contrario, abrazando la diversidad de la población humana, la racialización, la diversidad funcional, las diferencias sociales, la libertad espiritual, pero a la vez promoviendo la equidad entre todas las personas.

Es curioso como hay algo en lo que probablemente todos estemos deacuerdo, tanto las feministas clásicas como les feministes queer y los machistas. En la misma entrevista, le preguntaban a Calvo cual es su opinión sobre la participación de las mujeres trans en deportes femeninos. Ella contestaba que “si ahí el sexo no importa y a las mujeres les dicen que tienen que competir en desigualdad de condiciones, pues están mandando un mensaje a muchas de ellas: No lo intenten ¿no?”. Hace no más de un mes, el presidente Trump, orgullosamente machista (por no poner otros adjetivos) firmaba en uno de sus primeros decretos la prohibición de que las mujeres trans participasen en deportes femeninos en territorio estadounidense.

He de admitir que en eso estoy deacuerdo con Trump y la ministra. No estoy a favor de que las mujeres trans participen en competiciones deportivas femeninas. Pero por motivos bien diferentes a los suyos, que argumentan una ineludible desigualdad de las capacidades físicas.

No creo en las competiciones deportivas femeninas ni en las masculinas. Tampoco me gusta que existan aseos, colegios, o las salas de rezo para mujeres y hombres por separado. Por lo mismo que no creo que deban existir equipos deportivos, aseos, ni colegios para personas negras y blancas. Si el deporte es una demostración de potencial físico y si existe una tendencia (no categórica) a mayor potencial físico de algunos grupos de personas, y asumimos que eso justifica la separación en competiciones independientes, entonces sería aceptable que existian ligas separadas para negros y blancos, tal y como sucede (y nos parece completamente natural), con las ligas masculina y femenina. Y así con todo lo demás…

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ECOLOGÍA NO BINARIA

por Ciro Cabal